En cumplimiento del Real Decreto-ley 13/2012 se informa de que este sitio web utiliza cookies de terceros con objetivos analíticos así como
una cookie propia para recordar su decisión de no mostrar más este aviso. Si está de acuerdo haga click aquí De acuerdo Más información

Escritos

La urna mágica que vale doble

Son las 11 de la mañana y Mari-Trini ya se encuentra en su colegio electoral. Más perdida que nerviosa, busca entre los montones de papeletas su mejor opción. No es que sea una entendida, de hecho a sus 35 años, es casi la primera vez que vota. Pero las cosas hace tiempo que no le van como ella querría, y ha decidido cambiar el mundo con valentía y determinación.

Es por eso, que aun siendo las 11 de la mañana, Mari-Trini ya está en el colegio.
Cuando ha elegido su voto mete su papeleta en el sobre, que lame y cierra con fruición, revisa por última vez que lleva el D.N.I encima y se dirige a su mesa.

– Imagino que será usted el presidente, yo soy Mari-Trini Sotérica – dice mientras sonríe y le entrega su D.N.I delicadamente sostenido entre dos dedos.

Para no interesarle la política, se desenvuelve muy bien. Parece ser que para algo le ha servido buscar cómo se vota, con su iPhone 6 recién comprado el día anterior.

Quien le atiende, no es el presidente pero eso da igual. Encuentra a Mari-Trini en el censo, se levanta y mientras estrecha su mano le dice:

- Un placer Mari-Trini. Soy José García, ¿en qué urna quiere usted votar?

Ella, sorprendida, advierte en ese momento que así es, hay dos urnas en una sola mesa. Ambas tienen el mismo tamaño, pero hay algunas diferencias: la de su izquierda es de metacrilato transparente, mientras que a su derecha, una opaca e inquietante urna azul, marrón y verde, acaba por ocupar el espacio disponible.

– ¿Puedo elegir? – Pregunta

– Así es – le explica José García – esta es la urna de siempre, la tradicional. Puede votar aquí como se ha hecho toda la vida. La otra, es una propuesta nueva del gobierno, una urna mágica, y hace que su voto valga doble.

– ¿Cooooooooooooomoooooooooooooooo? ¿Se está quedando usted conmigo?

Mari-Trini está confusa. Ha entendido lo que le han dicho pero algo en su interior le dice que aquello no puede ser. No pretende ser desagradable, así que en ese momento, decide hacer uso de todo lo que ha aprendido viendo películas de espías.

Empieza por inspeccionar brevemente su entorno más cercano, y se fija en las caras de los componentes de su mesa. Todos la miran con seriedad, no hay muecas, risas, ni codazos cómplices.

Una vez cubierta su zona visual más inmediata y manteniendo tronco, cuello, y cráneo inmóviles, utiliza su visión periférica para escanear el resto de la sala.
Apenas gasta un par de segundos en todo el proceso, pero es tal su empeño en disimular, que de forzar tanto los ojos a punto está de quedarse bizca para siempre.
Ve otras mesas, todas con sus dos urnas, ve gente buscando papeletas, saliendo de las cabinas, hablando con otra gente, votando. No hay cámaras de ningún tipo. Normalidad.

Lo ha hecho muy bien. Si no se dedicara a recetar flores de Bach, cualquiera diría que es Jason Bourne.

No hay nada extraño, pero aún sigue sin fiarse. José García la advierte recelosa, así que le explica el funcionamiento de la urna:

Sé que parece difícil de creer, pero, si mantiene su mente abierta, verá que el funcionamiento es muy simple: Como descubrió hace 80 años el físico alemán, Maikol Svantropski, una combinación cromoterápica adecuada produce alteraciones fundamentales en el estado de la materia. Hasta el punto de crear nueva materia incluso. En el caso que nos ocupa, la combinación exacta de los colores de la tierra, tanto de la urna como de los sobres que tengo aquí al lado […]

No los había visto, pero de pronto se da cuenta de que, junto a la urna, hay una montaña de sobres azules, marrones y verdes, alineados en una columna tan perfecta, que parece desafiar varias leyes físicas.

[…] hace que al entrar en contacto, los quarks que rodean en ese momento al sobre, detecten cuánticamente la coincidencia cromática de urna y sobre. Es en ese momento cuando se desatan las mismas energías del reiki, que se alinean con los chakras de la persona que vota. Una vez esto sucede, y siempre que la persona tenga buen corazón, se duplica el sobre y por tanto, el voto.

José García hace una pausa breve, para carraspear y recuperar fuerzas.

[…] Se me ha olvidado decirte, Mari-Trini, que todo este conocimiento fue adquirido por Svantropski mientras se hallaba en la provincia china de Yunnan, bebiendo de todas las fuentes de sabiduría orientales y milenarias que hay por la zona.

Ella lo mira fijamente, mientras las piezas van encajando en su cabeza y bucea en su pasado. No recuerda exactamente, aunque se esfuerza, cuánto tiempo hacía que las cosas empezaron a torcerse. Tal vez desde que la despidieron de aquel trabajo seguro y bien pagado, por llamar en horario laboral a Alexia, su tarotista de confianza.

– ¿En serio me despedís por esto? – Pero si llamaba con mi móvil…
– Con tu móvil llamabas más de una hora al día, Mari-Trini.
– ¡No es justo! ¡La semana pasada pedí un conjuro para que la empresa siguiese yendo bien! – Respondió, notando como algunas lágrimas templadas estaban a punto de surfear su cara.
– Este documento es el finiquito, y este la carta de despido. Indemnización no hay por haber cometido falta muy grave. Léelo con detenimiento y cualquier duda me la comentas – Dijo el responsable de RR.HH tras subirse las gafas y emitir un suspiro, que pareció de agotamiento.

A decir verdad, Mari-Trini era consciente de que no sólo había llamado para mejorar el porvenir de la compañía. También había pedido consejo sobre algunas cuestiones personales sin importancia. Como los días que charló con Alexia, para intentar recuperar a aquel novio que escapó corriendo de su casa, mientras gritaba alejándose con los brazos en alto:

¡Que tu abuela muerta no te habla a través del wi-fi! ¡Que te den por el culo loca del coño!

O esas otras llamadas que hizo, para ver cómo podía retomar el contacto con sus amigas del alma, algo distantes después de que ella se hubiera follado a todos sus novios.

No se sentía culpable por habérselos tirado pues al fin y al cabo, era lo que el universo quería para ella, y aún no controlaba mucho el subconsciente, por mucho que leyera el secreto un ratito cada noche.

De pronto Mari-Trini vuelve de sus recuerdos, y se da cuenta de que aún tiene una decisión pendiente. Ya no tiene dudas, si la vida no le sonríe ella hará que el mundo cambie, así que coge aire y saca de su bolso una botella de agua hexagonal, en la que había disuelto unas horas antes dos bolitas de relajante homeopático, por si se ponía demasiado nerviosa. Tras dos largos tragos le dice a José García:

Sé lo que quiero.

Coge el primero de los sobres de la columna, y se lo pone entre los labios, mientras se apura a sacar el voto que había introducido previamente en el sobre blanco. Partido Popular, puede leerse en el breve periodo que tarda en traspasar su voto de un sobre al otro.

No es que Mari-Trini sea muy conservadora, de hecho había dudado entre PP y PSOE, pero tras pensarlo detenidamente… había decidido quedarse en el centro. Al fin y al cabo cree en Dios, es empresaria, y no le parece bueno un cambio tan extremo en un momento tan delicado para el país.

Cuando tiene el trabajo hecho, le apartan el folio de la urna y empieza a introducir el sobre en la ranura. Siente como su corazón late cada vez más deprisa, en parte por saber que está mejorando su destino y el de todos, en parte porque de los nervios, le han sudado los dedos y por más que intenta soltar el sobre con elegancia, este se empeña en aferrarse a ella sin llegar a desprenderse del todo.

Tras luchar unos diez segundos, el sobre se despega de sus dedos aceitosos, y acaba cayendo. Un ruido extraño, como de batidora, llega desde el fondo de la urna. Es entonces cuando nota ese tipo de alivio, que se siente cuando las energías del Reiki conectan con tus chakras.

– ¿Ya está? – Pregunta sonriente a José García.

– Así es – Contesta él.

– JI JI JI JI JI JI, bueno, pues nada, a ver qué tal. ¡Encantada eh! ¡Así da gusto! JI JI JI JI JI JI JI JI JI JI.

Se da media vuelta y abandona el colegio electoral, veloz y radiante, deseosa de explicar lo que ha vivido a todo el mundo.

Fuera del colegio, un grupo de unas cinco personas charla animadamente, beben y ríen, cerca de un tubo corrugado de plástico, de unos 20 centímetros de diámetro, que asoma a través de una de las ventanas.

– ¡Ei atentos!  ¡que dice José que otra vez tenemos premio! – Grita uno de los miembros del grupo, interrumpiendo la algarabía general.

Tras dirigir sus miradas al centro del tubo, todos saltan y festejan brindando con sus copas, al ver los sueños de Mari-Trini convertidos en confeti tricolor, poco antes de que los pedacitos acaben de caer al contenedor azul, situado justo debajo del tubo, y que ya casi rebosa después de algunas horas de votaciones.

Aunque pudiera parecerlo, no son malas personas. Como Mari-Trini, tienen buen corazón, es sólo que están muy contentos.

Todos lo estaríamos de haber ideado un sistema tan perfecto que la hace feliz a ella, y al mismo tiempo, resuelve todos los problemas del país.

Si te ha gustado... ¡comparte!  Compartir en FacebookTweet about this on TwitterCompartir en MenéameCompartir en RedditCompartir en Google+

La dignidad del pobre

La dignidad del pobreFoto original de Javier.

Al contrario que los niños de ahora, nunca tuve una relación muy cercana con mis abuelos. A unos los tenía a 1000 km de distancia. Íbamos a verlos cada verano unos quince días y todo sea dicho, verlos no era el principal aliciente para mí.  Me motivaba más visualizar las inolvidables aventuras que iba a vivir con primos y amigos, en un desfile continuo de gañanadas y brutedades que me hacían disfrutar como a un chino.

A los otros, íbamos a verlos una tarde cada dos semanas y de los dos, mejor dicho de mis cuatro abuelos, de quién tengo mejor recuerdo es de mi abuelo Manuel. Visitarlo era siempre parecido. Al llegar, tras saludarlo, apartaba la vista de la lupa con la que sus ojos cansados alcanzaban a leer el AS, que compraba a diario, nos daba dos besos y una vez consideraba que ya te habías situado en su casa, te miraba haciéndose el interesante y te decía:

“Esto es una señora que tenía un perro que se llamaba Mistetas y un día se le perdió el perro y le preguntó a un señor:
– Perdone, ¿Ha visto usted a Mistetas?”
– No, pero me gustaría verlas.

Y luego se partía el culo sonoramente. Muy sonoramente.

Después, si no te reías o al menos no lo hacías tan ruidosamente como él te miraba muy serio y te decía:

“¿Lo has entendido?” “O sea, representa que el perro se llama Mistetas, pero el hombre se pensaba que se refería…”

Y volvía a partirse el culo.

No importaba demasiado que ya te hubiera explicado ese chiste o cualquier otro treinta veces. La entrega que ponía en la tarea era tan grande, que al final te tenías que reír.

Además de explicar chistes, la rutina de jubilación de mi abuelo contemplaba caminar cerca de hora y media al día, leer el As como ya he dicho antes, sentarse en la puerta de su casa sobre su silla favorita, hablar con la gente y ver la tele. No escalaba montañas, pero tampoco está mal teniendo en cuenta que todo esto lo hacía con ochenta y pico años.

Yo sabía muy pocas cosas de la vida, pero desde luego tenía claro que de mayor quería ser como él.

También explicaba batallitas y francamente, no las recuerdo. Entre su gusto por repetir historias y su dicción castigada por los años, en muchas ocasiones no le prestaba atención. Ahora le preguntaría muchas cosas, sobre su vida, sobre la guerra civil, sobre tantas otras cosas que me interesan. Trataría de entender un poco de dónde vengo y a dónde voy. Sé que él, estaría encantado de tener un oyente atento a quién explicar su vida con detalle. Pero no lo hice, me limitaba a hablar con él del madridismo que por entonces compartíamos.

Pero hubo un día, sólo uno, que me explicó una historia que aún hoy recuerdo.

Me explicó él, mi abuelo, que muchos años antes se encontraba en el cortijo que labraba, cuando vino el dueño del lugar y le dijo:

- Manuel, he visto una cosa
– Dime, qué has visto
– El otro día me di cuenta de que los tomates que me habías dado para llevarme estaban peor que los que te llevaste tú

Le explicó entonces al terrateniente, mi abuelo, como hizo más tarde conmigo que así había sido, y así iba a seguir siendo:

“Claro, yo a ti siempre te daré cosas que estén muy bien, pero mientras sea yo el único que cuida esto, lo mejor de lo mejor es para los míos”.

Aquello me hizo pensar: ¿Quién tenía razón? Mi abuelo trabajaba allí, cierto, pero no eran suyos los frutos de aquella tierra. ¿O sí?.

Educado como estaba en la obediencia absoluta, para mí fue un “shock”. No le hice más preguntas.

Me gusta imaginarme la escena al estilo de “Los santos inocentes“, con el señorito mirándolo altivo, creyendo que es de su propiedad y sorprendido al ver como se rebela el que hasta entonces creía su perro fiel.
Lo imagino algo inquieto, también, sabedor del riesgo que supone putear al hombre de metro ochenta, espalda ancha y manos fuertes, que tanto sirve para llevarte la comida a casa, como para demostrarte que no tiene intención de pedir permiso para hablar, ni perdón por existir.

No tengo ni idea de cómo acabó aquello, si no se habló más del asunto o si se acabaron diciendo alguna que otra cosa fea. Sí sé, que aquellas manos castigadas por el sol, la lluvia y el viento, siguieron trabajando intensamente, tanto como hizo falta para que sus siete hijos tuvieran lo justo para crecer sanos y fuertes, entre ellos la mujer, que me trajo a la orilla desde la que se parte hacia los sueños.

Años más tarde, con mi abuelo ya muerto, y aunque sea mucho más joven que él, a veces soy yo el que explico historias. Como esa en la que una tarde cualquiera, estaba en una sala de reuniones, porque tenía que comentarle un asunto al dueño del que era mi lugar:

“Verás, me he dado cuenta de que hay algunas cosas del convenio que no se están cumpliendo…”

Esa historia que continúa con los chantajes y amenazas esperables, de los que creen que pagar nóminas significa tener esclavos.  Y con el juego sucio, que duró lo suficiente hasta que comprendió al fin, mi señorito, que soy algo difícil de domesticar.

Fue entonces cuando me despidieron. Por no rendirme, por negarme a ser propiedad de nadie. Por pelear y mantener lo que otros, defendieron antes por mí.

No conozco a la abuela de mis nietos, no me gusta caminar y tengo una pésima memoria para los chistes. No sé qué será de mi vida, si llegaré a los ochenta y pico, si seré feliz. Si recuperaré el madridismo que entonces compartimos.

Puede que siga sin saber grandes cosas, pero sí sé que en el futuro, podré mirar atrás y saber que en una de las mayores crisis de la historia, fui capaz de reunir algo de valor para defender lo que es justo, mientras otros muchos sólo tuvieron tiempo para revolcarse en su propio miedo.

Me gusta reírme.
Mido metro ochenta.
Yo tampoco soy Paco “el bajo”.

Si te ha gustado... ¡comparte!  Compartir en FacebookTweet about this on TwitterCompartir en MenéameCompartir en RedditCompartir en Google+

Renaceres que alegran

ascensor

Hola Teresa.

No nos conocemos. Nunca nos hemos visto, ni siquiera haciendo la compra o en un ascensor cualquiera. Y mira que se cruza uno con gente… Y habla del tiempo, de la vida, o de lo rápido que ha estado al pulsar el botón que evita que se cierren las puertas en el momento más inoportuno. Podrías haber sido tú una de esas personas a las que he salvado en alguna ocasión de esperar un minuto más hasta el siguiente ascensor pero no; que no, que ni por esas nos hemos cruzado nunca.

Tengo un mensaje para ti. Así, tal cuál. Esto de tener mensajes para los demás debe ser algo bastante común, porque hay incluso un programa de la tele en el que hay gente hablándose parapetada tras un sobre gigante. Podría haberte llevado allí pero la tele me parece algo muy antiguo, no soporto al presentador y además para algo tengo un blog:

Bienvenida de nuevo al mundo. Ha tenido que ser muy duro pasar por algo así, rodeada de frío plástico, de personas que te miran como habrían mirado a Eva en el paraíso, si en lugar de tener la opción de crear el mundo hubiera tenido la capacidad de destruirlo. Lejos de los abrazos de tus amigos, de los besos de tu pareja, o de los lametones sinceros de tu perro, ese animal que, seguro, habría acudido corriendo a recibirte más feliz que nadie al ver tu sonrisa tras varios días de ausencia. Lejísimos de ese calor que se siente en el cuerpo cuando sientes que todo, absolutamente todo, va bien.

Y al mismo tiempo, cerca de todo lo que uno debiera alejarse. De miles de miradas incómodas, de miedo propio y ajeno, de gente con turbios intereses y de unos jefes tan increíblemente estúpidos, que han sido capaces de causar tu coqueteo con la muerte.

Puede que te plantees que no ha valido la pena y que has perdido mucho a cambio de nada. Tal vez hayas descubierto que hay muy poca gente de la que uno pueda fiarse, que esté realmente contigo a las buenas y a las malas. Cómo vas a pensar algo bueno cuando tras seguramente varios recortes de sueldo, ayudas altruista y voluntariamente a otro ser humano para intentar salvar su vida, y a cambio asesinan a un miembro de tu familia, te aislan, te señalan y acusan, distribuyen fotos tuyas de todas las formas posibles, hablan de ti a todas horas para hacer caja, y algunos de tus altos jefes te desean incluso la muerte para poderte culpar de todo, y seguir viviendo a todo trapo con los sueldazos que nunca merecieron y que les pagamos gente como tú y yo.

Es realmente para liarse a tortas con el mundo, y si lo hicieras te comprendería. Pero puedo ofrecerte algo. Soy consciente de que es posible que no te parezca una gran cosa, pero tal vez alivie un poco tu dolor.
Es mi alegría al saberte de vuelta. Has conseguido que me alegre de tu recuperación como si fueras una persona de mi familia. Porque lo eres. De esa gran familia que se levanta temprano y vuelve a casa tarde, todos los días. De esa gran familia que está en el bando de la gente y no en el de la gentuza. De esa gran familia que tiene muchos marrones que atender y pocos pringados a los que cargar con las culpas de sus propios errores.

¿Y sabes qué? Puede que tu ejemplo también haya servido para que todos tengamos más claro a qué familia pertenecemos y para preguntarnos, por qué la nuestra no recibe tarjetas opacas para irse de puticlubes, y a cambio no para de comer mierda.

Estoy convencido de que, como yo, hay muchísimas personas que se han alegrado enormemente al verte bien, y que desearían entregarte todo su cariño, admiración y respeto.

Sí. Puede que no te parezcan grandes cosas. Pero son precisamente las cosas que el dinero jamás podrá comprar.

Foto original de Fukarela.

Si te ha gustado... ¡comparte!  Compartir en FacebookTweet about this on TwitterCompartir en MenéameCompartir en RedditCompartir en Google+

Creciendo

I

Sergio observó el sutil movimiento oscilante que hacía el pareo sobre las piernas de Elena, dejando entrever, a ratos, uno de sus lunares favoritos, si es que había alguno que no lo fuera, dibujado sobre la que era para él la piel más bella.
Y como el atasco en el que se encontraban hacía innecesario atender a la conducción, pudo entretenerse observando otras zonas que también le gustaban mucho, como esas manos tan pequeñitas, acordes a su estatura, que solía mover de una forma muy graciosa cuando explicaba algo que la ilusionaba, o ya subiendo algo más, ese pelo corto, negro, denso y lleno de vida, que envolvía un rostro delgado, perfectamente simétrico, siempre sonriente, con nariz discreta y unos ojos despiertos, marrones, bellísimos.

Sergio se dio cuenta entonces de que una sensación muy placentera se estaba apoderando de su cuerpo. Desde luego que el día que se presentaba por delante, y aún a pesar del atasco, ayudaba mucho. Un día de playa, con ella, con todo preparado para tomar el sol sin empacharse, las bebidas listas con un tercio de hielo exactamente en su interior y los libros que se habían llevado ya intuyendo que ninguno leería y que, como siempre, pasarían el día hablando sobre las mil y una cosas de las que ellos acostumbraban a hablar. Todo en aquella cala tranquila que era la preferida de ambos desde que él se la presentó. Pequeña, de aguas profundas y cristalinas, con cormoranes y esos bancos de peces que tan poco abundan en nuestra maltrecha costa, y una arena con el grosor justo para que se despegue de la piel, sin ningún esfuerzo en cuánto uno se levanta, y al mismo tiempo no duela pisar. La playa genial que iban a saltarse, seguro, muchos de los coches con los que compartían trayecto esa mañana, para ir hasta quién sabe dónde. Al observarlos, pensó que tal vez debería echar el freno de mano, bajarse y avisar a todos y cada uno de los miembros de aquel atasco, de que aunque no conocía su destino, no podía ser mejor que tomar el desvío a la derecha que había en cinco kilómetros, el que iban a tomar ellos. Que ahí estaba el paraíso. Pero pronto desechó la idea porque, al fin y al cabo, la playa no era tan paradisíaca sin Elena y a ella… no la pensaba compartir.
Pero no era sólo el día que se presentaba lo que le hacía sentir tan bien, ayudó mucho pensar, sin querer, con esos pensamientos de los que uno no es consciente, en lo feliz que era, en lo bien que iba todo. En lo radiante que estaba, no ya el sol esa mañana, sino toda su vida de un tiempo a esta parte.
Pensó incluso, que tal vez había llegado el momento de afirmar, dos años después de recibir el alta, que estaba totalmente curado.

II

Tenía 16 años y estaba a oscuras, haciendo enormes esfuerzos por recordar cómo y cuándo pasó. Cómo y cuándo su cerebro hizo “crack”.
Algo se había roto y sin entender las razones de la caída sí estaba seguro de que no podía existir pozo más oscuro, profundo y frío, que aquél dónde se encontraba ahora.
Fue pasando el tiempo sin que aquella angustia y tristeza infinitas se marcharan. Contemplando con enorme dolor como ni él ni los suyos podían hacer nada por ayudarlo, ni entender cómo era posible que alguien tan joven y con una situación tan favorable, tuviera pensamientos tan terribles, todos los días de su vida.
Sentía como si cada vez que trataba de salir de allí, hubieran horribles monstruos, enormes, gigantes, que se dedicaran a aplastarlo de nuevo contra el suelo del pozo cada vez que él tenía el noble objetivo de intentar mover, al menos, una sola de sus pestañas.
Fue incapaz de explicar a todas las personas que lo visitaban, con caras de enorme tristeza e incomprensión, en aquella planta de psiquiatría situada en los pisos más altos del hospital, que no se trataba de esforzarse más, que no había otra perspectiva posible con la que ver las cosas, no en su mente. Que la misma enfermedad que te lleva al infierno también te incapacita de todas las formas posibles para salir de él. Que no se puede pedir a alguien que ponga voluntad cuándo ésta ha sido aniquilada.
Las cosas siguieron así hasta que la ciencia, a la que sus padres habían recurrido, empezó a hacer efecto y a dejarlo en un estado algo más estable, donde se empezaban a intuir rayos de luz al mirar arriba, donde sí era posible empezar a tener más perspectiva, donde, peleando y luchando con todas sus fuerzas, empezaba a ser posible hacer algo. Algo tan fácil para todo el mundo como levantar los párpados. Y de levantar los párpados a salir de la cama, y de ahí a la calle, a estudiar, a trabajar, a hacer tantas cosas cotidianas para todo el mundo y que sin embargo, para él eran extraordinariamente difíciles.
Empezó a comprender que lo que le ocurría no era culpa suya ni de nadie. Asumió que los órganos fallan y que existen loterías en las que te puede tocar un macabro premio sin haber comprado el boleto.
De la comprensión se pasó, lenta y tímidamente, a la propia admiración. Admirarse por la extrema dificultad que tenía hacer lo que estaba haciendo, por pelear cada día sin ganas por hacerlo, por luchar más por los suyos que por él mismo y tratar de recuperar su vida, poniendo buena cara. Por responder siempre que le preguntaban, que estaba muy bien aunque la realidad fuera distinta y sus ojos lo delataran. Por pelear durante años sin rendirse mientras la mayoría de las personas de su edad, tenían como máxima preocupación elegir el color del tanga que iban a ponerse el próximo fin de semana. Sí, desde luego que había valientes y él era uno de ellos.
Un valiente muy afortunado, además, por el entorno que tenía. Por la preocupación constante de su familia, que sufriendo la enfermedad como si la estuvieran padeciendo en carne propia, preguntaban a los médicos, insistían, esperando instrucciones sin saber qué hacer más allá de intentar que se levantara, que tuviera un orden en los horarios, que tomara bien la medicación, más allá de preguntarle si podían hacer algo después de horas de llanto. Sin juzgar, sin castigar, sólo esperando que aquello acabara, llenos de miedo.
O por esos amigos, que no lo habían abandonado cuándo su relación había pasado a ser algo más que risas, que se habían negado a etiquetarlo de loco o débil, o de cualquier otra forma que puedan usar algunos para referirse a las personas con depresión. Que simplemente contaban con él para ir al cine, a bailar, a hacer el tonto un rato, a reírse, a hacer las cosas que siempre habían hecho, a pesar de que en alguna ocasión habían tenido que volverse sin él tras ir a buscarlo, porque no tenía ganas de salir. Amigos dignos de tal nombre.

No fue rápido, ni fácil, pero poco a poco fue superando todo aquello entendiendo que con la ayuda adecuada, sólo se vence al que se rinde.

Buscando la luz

 

III

De los recuerdos volvió Sergio a dónde realmente estaba, al atasco, al cabello de Elena, a sus ojos, a su sonrisa, a su pareo… Le dijo:

— Cielo, ¿Te he dicho hoy que estás muy buena?
— Pues… hoy no. Pero puedes hacerlo si quieres — contestó ella, rompiendo a reír.

Él calló un momento. Le encantaba hacerle estas bromas, descolocarla, mientras se hacía el interesante y esperaba su reacción.

— Siempre estás igual, eres un caso ¿Puedo saber en qué estás pensando? Hace rato que no estás aquí.
— Pensaba en cómo ha cambiado todo, en lo feliz que soy contigo, en lo reconciliado que estoy con la vida… En fin, es una larga historia…
— Bueno… vamos a un sitio dónde no hay televisión, adoro tu voz y soy paciente, explicarme cosas no parece mal plan.
— Está bien. Para hacértelo más emocionante, empezaré por el final.

Entonces él, como debe hacerse cuando se va a decir algo importante, tomó aire, la miró fijamente y, tras componer la primera parte del largo relato en su cabeza, dijo:

— Ahora… ahora el gigante soy yo…

Foto de Joaquín Villaverde.

 

Si te ha gustado... ¡comparte!  Compartir en FacebookTweet about this on TwitterCompartir en MenéameCompartir en RedditCompartir en Google+

Mi última carta

¿Sabes? Ahora tendría que estar trabajando. Sí, a estas horas… Debería escribir código fuente, documentación técnica, presentaciones, presupuestos, no sé con qué me pondría primero. Tarde o temprano tendré que hacerlo. La lógica me sugiere hacerlo cuanto antes, ya que quizás así, y sólo quizás, pueda evitar que las próximas noches se hagan horriblemente largas.

Pero poco entiende la lógica de sentimientos, y sobre mis sentimientos debo escribirte hoy y ahora, aunque no sea fácil.

No lo es porque el dolor no entiende de palabras, sólo golpea fuerte. Y no es nada fácil verbalizar los golpes, pero debo hacerlo.

Me duele recordarte. Saber que nunca más volveré a verte. Me duele soportar la incoherencia de no pensar en ti cuando existías, y de recordarte ahora, todos y cada uno de los días, desde que no estás. Me duele no ser capaz de entender que la vida es finita y que las desgracias, a veces, ocurren. Que se escapan de los titulares de los periódicos y desgarran cosas de tu cuerpo, que descubres en ese momento porque las oyes romperse. Estoy marcado por dentro, puede que para siempre.

Dicen algunos que hay que relativizar las cosas, pensar en positivo. No niego que tengan razón. En multitud de libros se venden esos conceptos, y a buen precio. Pero ni una página, ni una sola página de cualquiera de esas ediciones de bolsillo de papel cutre, tipografía serif, autor de conferencias y portadas llamativas te conoció. Ni una. Y no hay naranja de portada que hubiera podido apartar a alguien de tu sonrisa, de tu alegría, de ti. Ni aún estando tan lejos del libro como lo estábamos tú y yo. Y es que las páginas no entienden de golpes, ni de amor…

Ahora, ahora que al fin parecieron pasar los tiempos de grandes anestesias y nubes de abstracción. Ahora que escucho lo que oigo, que observo lo que veo, que siento lo que toco… Ahora que mi corazón palpita con intensidad, que puedo notar como mis pulmones se llenan del aire de mi planeta insignificante. Ahora… me duele.

Yo, el estúpido que creyó ser el rey de la serenidad y el sosiego. Yo, que creí en cuentos de sabios, ahora siento, río, salto, corro, abrazo y beso. Vivo. Y ahora, lo hago de verdad, sólo con un fino escudo ante el pecho y sin paraguas teísta alguno sobre mi cabeza.

Tirar el paraguas… la elección que tomamos los de raciocinio honrado y coherente, los que no cedemos, los que no clavamos las rodillas ante nada ni nadie, ni divino ni humano, los valientes. Bien saben los que me conocen que no cambio mi valentía por un consuelo falso.

Casi a pecho descubierto me enfrento a ésto y a todo, huyo de historias de ficción, sólo quiero realidades. Y en esas realidades se halla una tan terrible como que no volveré a verte. Nunca. Y no podrás escucharme decir lo que te quise y lo que te seguiré queriendo… Nunca.

Y siento escribir ésto, porque sé que ni lo esperabas de mí, ni mereces que mi última carta sea triste. Intentaré estar bien en el futuro, te lo prometo.

Mucho me temo, no obstante, que de vez en cuando deberé detenerme un momento y recomponerme a partir de mis escombros. Para que te quedes más tranquila, intentaré parar lo menos posible.

Qué menos que hacerte ese regalo, preciosa.

Si te ha gustado... ¡comparte!  Compartir en FacebookTweet about this on TwitterCompartir en MenéameCompartir en RedditCompartir en Google+
Donde no hay mata no hay patata © 2014 Tema adaptado a partir de Frontier