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Creciendo

I

Sergio observó el sutil movimiento oscilante que hacía el pareo sobre las piernas de Elena, dejando entrever, a ratos, uno de sus lunares favoritos, si es que había alguno que no lo fuera, dibujado sobre la que era para él la piel más bella.
Y como el atasco en el que se encontraban hacía innecesario atender a la conducción, pudo entretenerse observando otras zonas que también le gustaban mucho, como esas manos tan pequeñitas, acordes a su estatura, que solía mover de una forma muy graciosa cuando explicaba algo que la ilusionaba, o ya subiendo algo más, ese pelo corto, negro, denso y lleno de vida, que envolvía un rostro delgado, perfectamente simétrico, siempre sonriente, con nariz discreta y unos ojos despiertos, marrones, bellísimos.

Sergio se dio cuenta entonces de que una sensación muy placentera se estaba apoderando de su cuerpo. Desde luego que el día que se presentaba por delante, y aún a pesar del atasco, ayudaba mucho. Un día de playa, con ella, con todo preparado para tomar el sol sin empacharse, las bebidas listas con un tercio de hielo exactamente en su interior y los libros que se habían llevado ya intuyendo que ninguno leería y que, como siempre, pasarían el día hablando sobre las mil y una cosas de las que ellos acostumbraban a hablar. Todo en aquella cala tranquila que era la preferida de ambos desde que él se la presentó. Pequeña, de aguas profundas y cristalinas, con cormoranes y esos bancos de peces que tan poco abundan en nuestra maltrecha costa, y una arena con el grosor justo para que se despegue de la piel, sin ningún esfuerzo en cuánto uno se levanta, y al mismo tiempo no duela pisar. La playa genial que iban a saltarse, seguro, muchos de los coches con los que compartían trayecto esa mañana, para ir hasta quién sabe dónde. Al observarlos, pensó que tal vez debería echar el freno de mano, bajarse y avisar a todos y cada uno de los miembros de aquel atasco, de que aunque no conocía su destino, no podía ser mejor que tomar el desvío a la derecha que había en cinco kilómetros, el que iban a tomar ellos. Que ahí estaba el paraíso. Pero pronto desechó la idea porque, al fin y al cabo, la playa no era tan paradisíaca sin Elena y a ella… no la pensaba compartir.
Pero no era sólo el día que se presentaba lo que le hacía sentir tan bien, ayudó mucho pensar, sin querer, con esos pensamientos de los que uno no es consciente, en lo feliz que era, en lo bien que iba todo. En lo radiante que estaba, no ya el sol esa mañana, sino toda su vida de un tiempo a esta parte.
Pensó incluso, que tal vez había llegado el momento de afirmar, dos años después de recibir el alta, que estaba totalmente curado.

II

Tenía 16 años y estaba a oscuras, haciendo enormes esfuerzos por recordar cómo y cuándo pasó. Cómo y cuándo su cerebro hizo “crack”.
Algo se había roto y sin entender las razones de la caída sí estaba seguro de que no podía existir pozo más oscuro, profundo y frío, que aquél dónde se encontraba ahora.
Fue pasando el tiempo sin que aquella angustia y tristeza infinitas se marcharan. Contemplando con enorme dolor como ni él ni los suyos podían hacer nada por ayudarlo, ni entender cómo era posible que alguien tan joven y con una situación tan favorable, tuviera pensamientos tan terribles, todos los días de su vida.
Sentía como si cada vez que trataba de salir de allí, hubieran horribles monstruos, enormes, gigantes, que se dedicaran a aplastarlo de nuevo contra el suelo del pozo cada vez que él tenía el noble objetivo de intentar mover, al menos, una sola de sus pestañas.
Fue incapaz de explicar a todas las personas que lo visitaban, con caras de enorme tristeza e incomprensión, en aquella planta de psiquiatría situada en los pisos más altos del hospital, que no se trataba de esforzarse más, que no había otra perspectiva posible con la que ver las cosas, no en su mente. Que la misma enfermedad que te lleva al infierno también te incapacita de todas las formas posibles para salir de él. Que no se puede pedir a alguien que ponga voluntad cuándo ésta ha sido aniquilada.
Las cosas siguieron así hasta que la ciencia, a la que sus padres habían recurrido, empezó a hacer efecto y a dejarlo en un estado algo más estable, donde se empezaban a intuir rayos de luz al mirar arriba, donde sí era posible empezar a tener más perspectiva, donde, peleando y luchando con todas sus fuerzas, empezaba a ser posible hacer algo. Algo tan fácil para todo el mundo como levantar los párpados. Y de levantar los párpados a salir de la cama, y de ahí a la calle, a estudiar, a trabajar, a hacer tantas cosas cotidianas para todo el mundo y que sin embargo, para él eran extraordinariamente difíciles.
Empezó a comprender que lo que le ocurría no era culpa suya ni de nadie. Asumió que los órganos fallan y que existen loterías en las que te puede tocar un macabro premio sin haber comprado el boleto.
De la comprensión se pasó, lenta y tímidamente, a la propia admiración. Admirarse por la extrema dificultad que tenía hacer lo que estaba haciendo, por pelear cada día sin ganas por hacerlo, por luchar más por los suyos que por él mismo y tratar de recuperar su vida, poniendo buena cara. Por responder siempre que le preguntaban, que estaba muy bien aunque la realidad fuera distinta y sus ojos lo delataran. Por pelear durante años sin rendirse mientras la mayoría de las personas de su edad, tenían como máxima preocupación elegir el color del tanga que iban a ponerse el próximo fin de semana. Sí, desde luego que había valientes y él era uno de ellos.
Un valiente muy afortunado, además, por el entorno que tenía. Por la preocupación constante de su familia, que sufriendo la enfermedad como si la estuvieran padeciendo en carne propia, preguntaban a los médicos, insistían, esperando instrucciones sin saber qué hacer más allá de intentar que se levantara, que tuviera un orden en los horarios, que tomara bien la medicación, más allá de preguntarle si podían hacer algo después de horas de llanto. Sin juzgar, sin castigar, sólo esperando que aquello acabara, llenos de miedo.
O por esos amigos, que no lo habían abandonado cuándo su relación había pasado a ser algo más que risas, que se habían negado a etiquetarlo de loco o débil, o de cualquier otra forma que puedan usar algunos para referirse a las personas con depresión. Que simplemente contaban con él para ir al cine, a bailar, a hacer el tonto un rato, a reírse, a hacer las cosas que siempre habían hecho, a pesar de que en alguna ocasión habían tenido que volverse sin él tras ir a buscarlo, porque no tenía ganas de salir. Amigos dignos de tal nombre.

No fue rápido, ni fácil, pero poco a poco fue superando todo aquello entendiendo que con la ayuda adecuada, sólo se vence al que se rinde.

Buscando la luz

 

III

De los recuerdos volvió Sergio a dónde realmente estaba, al atasco, al cabello de Elena, a sus ojos, a su sonrisa, a su pareo… Le dijo:

— Cielo, ¿Te he dicho hoy que estás muy buena?
— Pues… hoy no. Pero puedes hacerlo si quieres — contestó ella, rompiendo a reír.

Él calló un momento. Le encantaba hacerle estas bromas, descolocarla, mientras se hacía el interesante y esperaba su reacción.

— Siempre estás igual, eres un caso ¿Puedo saber en qué estás pensando? Hace rato que no estás aquí.
— Pensaba en cómo ha cambiado todo, en lo feliz que soy contigo, en lo reconciliado que estoy con la vida… En fin, es una larga historia…
— Bueno… vamos a un sitio dónde no hay televisión, adoro tu voz y soy paciente, explicarme cosas no parece mal plan.
— Está bien. Para hacértelo más emocionante, empezaré por el final.

Entonces él, como debe hacerse cuando se va a decir algo importante, tomó aire, la miró fijamente y, tras componer la primera parte del largo relato en su cabeza, dijo:

— Ahora… ahora el gigante soy yo…

Foto de Joaquín Villaverde.

 

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4 Comentarios

Añadir un comentario
  1. Poco realista: Sergio hubiera mirado directamente a los ojos a Elena y, según dónde estuviera mirando ella, pasaría directamente a echarle un ojo a las mamellas.

  2. Jajaja, eso podría pasar, según como fueran las tetas de Elena, cosa que no pensé al escribir esto. Pero estarás de acuerdo conmigo en que igual no queda muy bonito en el relato.

    O sea, imagina que el primer capítulo acaba así:

    […]Pensó incluso, que tal vez había llegado el momento de afirmar, dos años después de recibir el alta, que estaba totalmente curado.

    Y luego le miró las tetas.

    Llámame loco, pero diría que no tiene el mismo encanto.

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