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La dignidad del pobre

La dignidad del pobreFoto original de Javier.

Al contrario que los niños de ahora, nunca tuve una relación muy cercana con mis abuelos. A unos los tenía a 1000 km de distancia. Íbamos a verlos cada verano unos quince días y todo sea dicho, verlos no era el principal aliciente para mí.  Me motivaba más visualizar las inolvidables aventuras que iba a vivir con primos y amigos, en un desfile continuo de gañanadas y brutedades que me hacían disfrutar como a un chino.

A los otros, íbamos a verlos una tarde cada dos semanas y de los dos, mejor dicho de mis cuatro abuelos, de quién tengo mejor recuerdo es de mi abuelo Manuel. Visitarlo era siempre parecido. Al llegar, tras saludarlo, apartaba la vista de la lupa con la que sus ojos cansados alcanzaban a leer el AS, que compraba a diario, nos daba dos besos y una vez consideraba que ya te habías situado en su casa, te miraba haciéndose el interesante y te decía:

“Esto es una señora que tenía un perro que se llamaba Mistetas y un día se le perdió el perro y le preguntó a un señor:
– Perdone, ¿Ha visto usted a Mistetas?”
– No, pero me gustaría verlas.

Y luego se partía el culo sonoramente. Muy sonoramente.

Después, si no te reías o al menos no lo hacías tan ruidosamente como él te miraba muy serio y te decía:

“¿Lo has entendido?” “O sea, representa que el perro se llama Mistetas, pero el hombre se pensaba que se refería…”

Y volvía a partirse el culo.

No importaba demasiado que ya te hubiera explicado ese chiste o cualquier otro treinta veces. La entrega que ponía en la tarea era tan grande, que al final te tenías que reír.

Además de explicar chistes, la rutina de jubilación de mi abuelo contemplaba caminar cerca de hora y media al día, leer el As como ya he dicho antes, sentarse en la puerta de su casa sobre su silla favorita, hablar con la gente y ver la tele. No escalaba montañas, pero tampoco está mal teniendo en cuenta que todo esto lo hacía con ochenta y pico años.

Yo sabía muy pocas cosas de la vida, pero desde luego tenía claro que de mayor quería ser como él.

También explicaba batallitas y francamente, no las recuerdo. Entre su gusto por repetir historias y su dicción castigada por los años, en muchas ocasiones no le prestaba atención. Ahora le preguntaría muchas cosas, sobre su vida, sobre la guerra civil, sobre tantas otras cosas que me interesan. Trataría de entender un poco de dónde vengo y a dónde voy. Sé que él, estaría encantado de tener un oyente atento a quién explicar su vida con detalle. Pero no lo hice, me limitaba a hablar con él del madridismo que por entonces compartíamos.

Pero hubo un día, sólo uno, que me explicó una historia que aún hoy recuerdo.

Me explicó él, mi abuelo, que muchos años antes se encontraba en el cortijo que labraba, cuando vino el dueño del lugar y le dijo:

- Manuel, he visto una cosa
– Dime, qué has visto
– El otro día me di cuenta de que los tomates que me habías dado para llevarme estaban peor que los que te llevaste tú

Le explicó entonces al terrateniente, mi abuelo, como hizo más tarde conmigo que así había sido, y así iba a seguir siendo:

“Claro, yo a ti siempre te daré cosas que estén muy bien, pero mientras sea yo el único que cuida esto, lo mejor de lo mejor es para los míos”.

Aquello me hizo pensar: ¿Quién tenía razón? Mi abuelo trabajaba allí, cierto, pero no eran suyos los frutos de aquella tierra. ¿O sí?.

Educado como estaba en la obediencia absoluta, para mí fue un “shock”. No le hice más preguntas.

Me gusta imaginarme la escena al estilo de “Los santos inocentes“, con el señorito mirándolo altivo, creyendo que es de su propiedad y sorprendido al ver como se rebela el que hasta entonces creía su perro fiel.
Lo imagino algo inquieto, también, sabedor del riesgo que supone putear al hombre de metro ochenta, espalda ancha y manos fuertes, que tanto sirve para llevarte la comida a casa, como para demostrarte que no tiene intención de pedir permiso para hablar, ni perdón por existir.

No tengo ni idea de cómo acabó aquello, si no se habló más del asunto o si se acabaron diciendo alguna que otra cosa fea. Sí sé, que aquellas manos castigadas por el sol, la lluvia y el viento, siguieron trabajando intensamente, tanto como hizo falta para que sus siete hijos tuvieran lo justo para crecer sanos y fuertes, entre ellos la mujer, que me trajo a la orilla desde la que se parte hacia los sueños.

Años más tarde, con mi abuelo ya muerto, y aunque sea mucho más joven que él, a veces soy yo el que explico historias. Como esa en la que una tarde cualquiera, estaba en una sala de reuniones, porque tenía que comentarle un asunto al dueño del que era mi lugar:

“Verás, me he dado cuenta de que hay algunas cosas del convenio que no se están cumpliendo…”

Esa historia que continúa con los chantajes y amenazas esperables, de los que creen que pagar nóminas significa tener esclavos.  Y con el juego sucio, que duró lo suficiente hasta que comprendió al fin, mi señorito, que soy algo difícil de domesticar.

Fue entonces cuando me despidieron. Por no rendirme, por negarme a ser propiedad de nadie. Por pelear y mantener lo que otros, defendieron antes por mí.

No conozco a la abuela de mis nietos, no me gusta caminar y tengo una pésima memoria para los chistes. No sé qué será de mi vida, si llegaré a los ochenta y pico, si seré feliz. Si recuperaré el madridismo que entonces compartimos.

Puede que siga sin saber grandes cosas, pero sí sé que en el futuro, podré mirar atrás y saber que en una de las mayores crisis de la historia, fui capaz de reunir algo de valor para defender lo que es justo, mientras otros muchos sólo tuvieron tiempo para revolcarse en su propio miedo.

Me gusta reírme.
Mido metro ochenta.
Yo tampoco soy Paco “el bajo”.

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